
La política dominicana no espera, no perdona y mucho menos olvida. Y lo que hoy comienza a evidenciarse dentro del Partido Revolucionario Moderno (PRM) no es un simple reacomodo… es una señal clara de que el tablero se está moviendo con fuerza de cara al 2028.
El presidente de la Cámara de Diputados, Alfredo Pacheco, junto a figuras vinculadas al liderazgo de Hipólito Mejía como Alberto Atallah y Franklin Fermín, estaría enviando un mensaje que no admite ingenuidad: los respaldos políticos ya no son inamovibles.
En paralelo, crecen con fuerza las señales de apoyo hacia el proyecto presidencial de David Collado, mientras se percibe un debilitamiento en el impulso que rodea a Carolina Mejía. Y eso, en política, no ocurre por casualidad… ocurre por cálculo.
Porque en el poder, el silencio también habla. Y cuando actores clave comienzan a reposicionarse, es porque están leyendo el pulso real de la calle, de las estructuras y de las posibilidades de triunfo. Aquí nadie apuesta a perder.
El escenario político comienza a calentarse, sí… pero no por discursos ni promesas, sino por movimientos estratégicos que revelan una verdad incómoda: las alianzas son temporales y los intereses, permanentes.
Hoy vemos cómo sectores que antes parecían alineados comienzan a mirar hacia otros horizontes. No es traición… es supervivencia política. No es improvisación… es anticipación.
Pero cuidado, cuando las estructuras de poder empiezan a fragmentarse antes de tiempo, el riesgo no solo es la división interna, sino la pérdida de cohesión frente a una oposición que espera agazapada. Y la historia dominicana ha demostrado que los partidos no siempre caen por sus adversarios… muchas veces se derrumban desde adentro.
El PRM está en una encrucijada: o gestiona con inteligencia este proceso natural de competencia interna, o permite que las ambiciones desbordadas conviertan la lucha por el 2028 en una guerra fratricida.
Porque al final, la política es eso: un juego de poder donde cada movimiento cuenta… y cada silencio pesa. Y en este tablero, ya nadie está quieto.


