

Por Salvador Holguín, diciendo lo que otros callan.
Las recientes declaraciones del dirigente histórico y primer secretario general del Partido Revolucionario Moderno (PRM), Jesús Vásquez Martínez (Chu), sobre la trayectoria partidaria del ministro de Turismo, David Collado, han desatado un intenso debate que va mucho más allá de las aspiraciones presidenciales de cara al 2028. La discusión ha puesto sobre la mesa una pregunta que algunos prefieren evadir: ¿quiénes fueron los verdaderos fundadores del PRM y quiénes se incorporaron cuando otros ya habían realizado el trabajo de construir esa organización política? Chu Vásquez ha cuestionado públicamente la trayectoria orgánica de David Collado dentro del PRM, al sostener que no ha desempeñado responsabilidades de dirección ni de organización partidaria. Sus declaraciones provocaron reacciones encontradas, incluso dentro del propio partido. Y aunque sus afirmaciones pueden discutirse, hay una realidad histórica que merece ser examinada sin apasionamientos ni conveniencias políticas.
Precisamente por eso escribo este artículo de opinión. Ya que no pertenezco al PRM ni tengo compromisos o inclinación con ninguno de sus aspirantes presidenciales. Mi interés es analizar un debate que también refleja una vieja contradicción de la política dominicana: quienes construyen los proyectos de poder no siempre son quienes reciben el reconocimiento, el respaldo ni la oportunidad de encabezar su sucesión. ¡Y ahí es donde comienza la gran “chusada” que algunos no quieren aceptar! Porque una cosa es haber sido perredeísta de corazón, haber enfrentado las adversidades, participar en la ruptura del viejo Partido Revolucionario Dominicano (PRD) y trabajar en la construcción del PRM, y otra muy distinta es incorporarse posteriormente y reclamar el mismo reconocimiento histórico de quienes estuvieron desde el principio. ¡La historia tiene memoria, aunque algunos pretendan acomodarla a sus intereses!
El 9 de septiembre de 2014 constituye una fecha fundamental en la historia del PRM, cuando la Junta Central Electoral autorizó oficialmente el cambio de nombre de la Alianza Social Dominicana para convertirla en el Partido Revolucionario Moderno. Aquella organización no nació de la comodidad del Palacio Nacional, ni de los privilegios del poder. Surgió de una profunda crisis política, de la ruptura del PRD y de decisiones difíciles asumidas por dirigentes que apostaron por construir una nueva alternativa. Hipólito Mejía y Luis Abinader encabezaron aquel proceso, acompañados por figuras históricas perredeístas como Milagros Ortiz Bosch, Hugo Tolentino Dipp, Ramón Alburquerque, Roberto Fulcar, Andrés Bautista, Jesús Vásquez Martínez, Geanilda Vásquez, José Rafael Abinader, Orlando Jorge Mera e Ivelisse Prats Ramírez, entre otros importantes dirigentes que participaron en la formación y consolidación de aquella estructura política. Pero sería una injusticia histórica olvidar a los dirigentes provinciales, municipales y de las bases que trabajaron sin cámaras, sin presupuestos, sin privilegios y sin ninguna garantía de llegar al Gobierno. Muchos de aquellos hombres y mujeres sacrificaron tiempo, recursos, oportunidades y hasta relaciones personales para levantar un partido cuyo futuro nadie podía garantizar.
Por eso, la pregunta resulta inevitable: ¿dónde estaban algunos de los que hoy buscan encabezar el PRM cuando había que levantarlo desde sus cimientos? Y quiero ser absolutamente claro: no se trata de desconocer la trayectoria de David Collado, quien fue diputado por el PRD desde 2010 hasta 2016, posteriormente alcalde del Distrito Nacional por el Partido Reformista Social Cristiano PRSC aliado al PRM de 2016 a 2020 y actualmente ocupa el Ministerio de Turismo desde el 16 de agosto de 2020. Tampoco se trata de negarle a él ni a ningún otro dirigente su derecho a participar en los procesos internos de esa organización, se trata de establecer una diferencia que políticamente puede resultar incómoda, pero que históricamente merece respeto: ser fundador, haber desempeñado responsabilidades orgánicas, haber contribuido al crecimiento electoral y ejercer funciones gubernamentales no son necesariamente la misma cosa. Asimismo, haber sido dirigente del PRD no convierte automáticamente a nadie en fundador del PRM, como tampoco haber ocupado una posición importante después de su nacimiento demuestra participación directa en su creación.
Por eso, antes de repartir certificados de autenticidad, hay que revisar las fechas, actas, trayectorias y testimonios de quienes realmente estuvieron presentes. Y aquí está el punto fundamental: ser fundador tampoco otorga un derecho automático a convertirse en candidato presidencial. Una organización democrática debe evaluar trayectorias, liderazgo, propuestas, capacidad de gestión y respaldo interno. Pero esa evaluación no debería hacerse a costa de borrar los sacrificios de quienes construyeron el partido. Esto no es nuevo en la política dominicana. Ocurrió en el viejo PRD y ahora vuelve a manifestarse en el PRM: dirigentes que entregan su vida a la organización terminan viendo cómo otros adquieren mayor protagonismo, reconocimiento y posibilidades de alcanzar las posiciones más importantes.
El Partido Revolucionario Moderno debe recordar que su historia no comenzó el 16 de agosto de 2020, cuando llegó al Gobierno. Comenzó mucho antes, cuando todavía había incertidumbre, dificultades y una enorme batalla política por delante. Porque la lealtad partidaria no se mide solamente cuando hay poder, presupuesto, nombramientos y beneficios. También debe reconocerse cuando no hay nada que repartir y, aun así, los dirigentes permanecen firmes defendiendo un proyecto. Los fundadores merecen respeto, pero los dirigentes que llegaron después también tienen derecho a construir su propia historia. Lo que nadie debería hacer es confundir una trayectoria con la otra. El PRM tiene por delante el desafío de administrar sus diferencias internas sin desconocer sus raíces ni convertir la discusión sobre su candidatura presidencial de 2028 en una confrontación entre viejos y nuevos dirigentes. Porque un partido que olvida a quienes lo construyeron corre el riesgo de perder su identidad, debilitar su cohesión y distanciarse de sus propias bases.
Termino diciendo lo que otros callan: En el PRM puede haber espacio para todos, pero no todos estuvieron cuando había que levantar las paredes, construir los cimientos y sostener el techo de aquella organización. Una cosa es llegar a una casa construida y otra muy distinta es haber cargado los blocks, mezclado el cemento y levantado sus paredes. El derecho a aspirar puede ser de todos, pero el mérito histórico de haber fundado y construido una organización, no se adquiere por conveniencia ni se concede retroactivamente. ¡Esa es la gran “chusada” que algunos no quieren aceptar en el PRM!

